María Pozzio, Al menos flores


 

 

Hay una Tania de bronce, cuya gesta como única mujer en la guerrilla
del Che es bastante conocida. Tanto como aquella leyenda boliviana
que asegura que cuando hay niebla, sale del río con una gran cesta de
flores y frutas. Pero antes, hubo una niña criada en el Saavedra de
finales de los años 30 que gritó de espanto la primera vez que vio un
Sagrado Corazón chorreando sangre y porfió para conocer el
zoológico, hija de esos inmigrantes alemanes que lloraban a la patria
humanista y culta que los nazis habían roto en mil pedazos. Y hubo
también una joven, hermosa y despierta, que, en tiempos de
machismo leninismo, ardía en deseos de dejar atrás su rol de
informante y convertirse en una combatiente más, mientras enfrentaba
los tembladerales de cualquier chica de su edad. Así, a través de una
prosa fluida y luminosa, Al menos, flores se corre de cualquier intento
de historiografía para recrear los ambientes, olores y murmullos de
época que forjarían el nervio revolucionario de Tania, la guerrillera  


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